09 junio 2008

Ingmar Bergman, Woody Allen y Søren Kierkegaard o sobre la artística evidencia de la levedad del Idealismo Absoluto:

Durante el último verano santafesino, con sus 49° de térmica, decidí dedicarme al buen cine, harto ya de la mugre cinematográfica conseguible en los videoclubs de barrio.
La decisión me llevo a iniciarme en la obra del recientemente desaparecido cineasta, guionista y escritor sueco: Ingmar Bergman. En efecto, a través de mi pasión por Woody Allen y con la noticia de su muerte el pasado 30 de Julio del año pasado, decidí sumergirme en la obra de este genio del cine nórdico.
Mi comienzo, ciertamente, no pudo ser más atinado. Comencé por una de sus películas más famosas y considerada por la crítica como un hito en la historia del cine: "El séptimo sello" ("Det sjunde inseglet"). Luego de verla sentí yo también, que tal película había marcado un hito en mi forma de disfrutar y acceder al séptimo arte.
Esta película, cuyo nombre es tomado del libro del Apocalipsis, está ambientada en la Edad Media, hacia el final de las cruzadas, en plena peste negra, y narra la historia de un caballero que regresa con su escudero de Tierra Santa. En el camino de regreso se topa con la muerte que le anuncia que ha venido para llevárselo. Él le propone a la Parca una partida de ajedrez pretendiendo que si gana la partida podrá irse y evitar el fatídico destino. De este modo va retardando la hora de su muerte, aprovechando de este modo dicho tiempo para encontrar un sentido a su atormentada existencia.
La terrible comprobación de que el que se muere soy "yo", tema central de la cinematografía de Bergman y de Allen, así como de la filosofía existencial de Søren Kierkegaard, ponen en ridículo la concepción de la filosofía idealista que exalta la "vida" de la totalidad en detrimento de la existencia concreta del individuo.
No he conocido a nadie más perspicaz e irónico que Woody Allen ni a nadie que refleje de manera más patética que Bergman esta ineluctable situación de la existencia en la que se encuentra arrojado todo individuo que vive cada instante de su existencia con la conciencia de que existe pero de que podría no haber existido jamás y de que dejará de existir en cualquier momento, mal que le pese.
¿Quién sería tan tonto acaso como para preferir vivir eternamente "en el corazón de la gente" o como para considerar su propia vida como una parte de la eterna vida de un "espíritu absoluto"?

Como dice Woody Allen agudísimamente en un artículo del New York Times...


"más que vivir en el corazón y la mente del público, preferiría seguir viviendo en mi apartamento".

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